El agua del arroyo corrió rauda, y el tiempo, como el agua del arroyo, también corrió a su gusto por el valle: los árboles la vieron, la miraron las densas hojarascas malheridas, la bella primavera cuando vino. Y entonces cantó el cuco en cada aldea, las noches escucharon, al ocaso, la voz inconfundible del silencio.
Y vino abril, y el pájaro del agua cantó con la tristeza con que suele cantar, después del brillo del crepúsculo. Y el agua corrió rauda por el valle, y, hablando del deshielo, se hizo clara, volviéndose un espejo de los cielos. Y todos los misterios de la vida sellaron esa gruta, oscura siempre, que quiere escudriñar el que es curioso.
Y quiero recordaros que el paisaje nos dice ese destino que ignoramos, nos viene preparando sin apuro: también somos la nieve derretida que corre, como el agua, hacia los mares que llenan las estancias de la nada. En tanto, serán todos estos bosques la vida que nos dieron, un capítulo que brilla y que se apaga en un momento.
Por eso, en el helecho, entre las zarzas, tal vez en los maizales de la zona, quizás entre eucaliptos, lo comprendo: son estos episodios que vivimos como un torrente mágico que muere, que seca, si se acaba la corriente. Y pienso en esa patria cuya lluvia nos habla de la vida y se hace vida: Asturias nos regala lo que somos.
Y somos el helecho y los castaños tupidos del otoño moribundo que duerme ya en las horas del diciembre. También somos manzana en el verano y el agrio del sabor de la manzana que debe madurar sin tener prisa. De todos modos, somos lo que somos, y somos como el viento que se esconde, vivimos como el ave que se esconde.
Diréis que los autillos, en la noche, se esconden como el sapo cuyo canto parece al del autillo en nuestros bosques. Diréis que los autillos se asemejan también a los cuclillos de la tarde, si cantan los cuclillos a la tarde. Diréis que los arroyos también cantan, que son como esa brisa que no cesa, que roza los follajes que los árboles.
Y yo, con mi paciencia, sé deciros que somos ese bosque y ese arroyo, palabras que se van a la deriva. Nosotros, alma triste, cuando llueve, bebemos en la lluvia nuestra vida, fundimos nuestro ser con la arboleda. Y somos puro bosque entre las fuentes que escuchan a los trenes que se acercan y espantan estas calmas inviolables.
¿No veis que las ardillas asustadas se lanzan a las ramas presurosas, oyendo los chirridos de las vías? Y el tren tiene algo mágico, entre tanto: también está su vida en nuestras vidas, también todo confluye en esa vida. El agua de la lluvia nos saluda, nos hablan en el barro los coprinos, la escarcha nos avisa de la nieve.
Y hay algo en nuestra infancia que pervive, que dice lo que somos, lo que fuimos, aquello que seremos, pese a todo. Y hay algo que nos llena de alegría, si vamos caminando entre los troncos y vemos en los musgos humedades. Y poco importa ya que nos muramos: tener durante un tiempo el principado de todo este dominio es algo bello.
Y somos como aquella enredadera, vivimos como el monte y el helecho, que saben respirar a cada instante. Y hay algo que palpita en lo que hacemos, y vive la emoción en nuestro espíritu, y amamos al espíritu que vive. Y somos con los árboles los árboles que dicen la verdad de lo que sienten, que sienten la verdad de lo que dicen.
Por eso estas palabras son poesías, engaños y mentiras para todos o ciencia indiscutible en los que viven. Vosotros, que estáis vivos, sois los árboles que miran a la araña, cuando teje, que vieron al raitán en pleno vuelo. Y yo, que voy diciendo lo que siento, pronuncio mi locura sin temores en estos bosques propios de la vida.
Un duende misterioso me lo dijo.

2020 © José Ramón Muñiz Álvarez
Del libro “Los bosques de los duendes misteriosos”

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