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EL SUEÑO Y LA RAZÓN

Generosa madre tierra,
hoy proclamo tu herejía…

Tantos muertos sin sentido,
tantos vivos, ya sin vida;
pese al llanto, (pese al hombre),
y a tu rostro indiferente.

Fea mueca de una afrenta,
que etiqueta con cuantía,
(en la nada y en la orgía),
una amarga insinuación:

Tu infinita vocación, de banal alevosía.

A mi lógica impotente,
y a tu falta de cordura;
la razón es otra duda,
tu atributo más hiriente.

La existencia es un precepto,
de un ingrávido aparente;
viaje errante a un mismo evento,
de la nada, hacia a la muerte.
Generosa madre tierra,
(sin embargo),… yo proclamo tu herejía.

En los brazos de un amigo,
y en la farsa cotidiana;
en la euforia de otro vino,
o en la sorna del bribón.

En la heroica persuasión,
de tus varios comediantes;
su sonrisa imita a un arte,
guerra sorda a su dolor.

Noble humana conmoción,
no resurges de la ruina,
sin la tregua con la vida,
que se teje pese al modo.

El vestigio de un asombro,
escondido entre el polvo;
en la herida, y el escombro,
de este ignoto corazón.

Es por eso Madre Tierra,
que proclamo tu herejía;
pese al frío de tus días,
y a tu falta de cordura.

Pues tu cruda asimetría,
en un acto intrascendente,
cobra un precio a la alegría,
en un sueño complaciente:

Otro día diferente,
un milagro alrededor.

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