Te quise a ti, a tu persona, a tu ser, lo que representabas.

Tu cabello, tu mirada, tu sonrisa, tus expresiones.

Tus gustos, tu música, tus bailes, toda el arte que dentro de ti yacía.

Te quise, y te quise a ti. Todo lo que conocí de ti, tus defectos, tus virtudes. Lo que tu eras. Lo que representaba ser tu.

Te quise, y también quise a la tu que representabas dentro de mi.

Esa tu que no quisiste, o que quizá no supiste ver.

Esa tu que vivía dentro de mi, que le movió todo lo que le representaba su mundo a un pequeño niño temeroso, con corazón de oro.

Esa tu que lo movió de su escondite, de su temor, que le hizo sentir de nuevo con el deseo de abrir sus alas y saltar a lo desconocido.

Esa tu que le movió el corazón, que significó para el algo más que sólo interés. Esa tu que le hizo sentir que podían quererlo bien. Esa tu que representó en su corazón, una luz, una estrella.

Pero quizás esa “tú”, no la pudiste ver. No pudiste apreciarla, o darte el tiempo de pensar lo que podría significar. O quizá esa tu realmente solo vivió dentro mío.

O quizá lo hiciste, y esa fue la razón de tu ausencia.

Te quise, y quise de verdad. Pero aunque quise, no pudiste ver en verdad cuánto quise…

Te quize, y probablemente me quedaré queriendote.

Te quiero. Te quise. Y el tiempo dirá cuánto te querré. De cerca, de lejos. Hasta que mi río se seque, mi alma regrese a la paz, o mi pecho deje de doler al verte llegar.

Que la vida haga de las suyas y me permita quererte, y que me quieras algún día, o que la vida te lleve, y aquella “tú” viva solo en mi profundidad.

Que la vida te tome en su regazo, y te permita querer, lo que quieras querer.

Que algún día quieras querer… como quiero yo.