“Aquél rostro con ojos tiernos y alegres;
la sonrisa más linda y cálida, propia de su jóven
y tierno corazón.

No olvido el deseo inexplicable de conocerle
que me devino… ¡y eso que sólo vi un par de
fotografías!

Confesarles quiero, que ni en la distancia me
olvidé de aquél rostro.

Ni el pasar de los días con su vertiginoso afán, me hizo comprender que el tiempo y la
oportunidad de verle y escucharle había
pasado.

No olvido la noche en la que se me juntaron
el deseo y las ganas de escribirle. Aquel inefable sentir de que había llegado el momento.

No me equivoqué… ni mi corazón lo hizo cuando
guardó con ansias el deseo de conocerle.

Esos ojos dulces, esa jovial sonrisa encantadora
y pura, iban en perfecta armonía con aquellas
palabras de un corazón tan sincero y tierno, pero
a su vez -aunque me pareciera contradecir-, tan perspicaz, lleno de valentía y entereza.

¡Cuán alegres se tornaron mis tardes,
cuál niño que desea con desespero la llegada de su mejor amigo!

Preciso no me era retornar a mi país para sentirla a mi lado, pues, ver su imágen, leer sus palabras y el escuchar  de su voz me era suficiente para seguir aguardando la esperanza de tenerla a mi lado.

En cuanto a mis noches: todas repletas de profunda alegría e ilusión, con el insesante deseo de abrazarla en mis sueños.

¿Y si su camino no se cruzare jamás con el mío? ¿A dónde iré con este sentimiento?

Imaginar tal desdicha no quiero; pero de algo si guardo la mayor certeza: ¡Qué la veré!

Y esto no termina aquí; aún tengo que contarles lo que ella causará en mi cuando haya llegado el día de tenerla frente a mi”.

– Gustavo Cañizalez