Invierno que se va, friolenta y despiadada,
acabó inundando mi techo con su húmedo hedor
y petrificando mi espíritu con su gélido fulgor.
Con ansia irreversible espero la gigante esfera del sol,
insumo de mi vida, paliativo de mi corazón,
en ella se extinguen los vapores de la desazón.
Y por eso celebro, le canto al calor, a la abrumadora sensación,
resurgen en mi cuerpo viejos estímulos como un volcán en erupción.
Y cambia el panorama, la triste situación
cuyas personas miraban con pesar,
pero ahora cunde el color y la alegría,
radiante y sofocante travesía,
vuelven las palomas como vuelven las familias,
todos regresan al hogar,
a la comodidad de los sofás,
a la tranquilidad y a la calma de reposar durante las horas de la mar,
frente al oleaje tropical, la merecida siesta,
ritual y recompensa digna de probar como parte del vivir,
al fin y al cabo es ésta una manera de existir
a la cual rindo agasajo y portentoso porvenir.