Préstate veintinueve segundos para pensar, y leer esta historia:
La historia de una niña que ya vivió de forma diferente. Que siempre aspiraba a volar siendo pequeña, aquella que no jugaba con muñecas, pero se lanzaba al abismo de cualquier bicicleta o cualquier cosa que pudiera rasparle las rodillas.
Esa que conociendo sus limitaciones seguía intentando alcanzar sus metas, cuando le repetían y repetían que era “mala en matemáticas”.
Que vivía los juegos de “chicos” como si con ella el roll de género no fuera, y era juzgada por su peso sin ella percibirlo a duras penas. Cuando se miraba al espejo sólo veía sus ojos color miel y una sonrisa.
Todo lo regalaba y sin pedir nada a cambio, pues para ella el mejor presente era la compañía.
Fue escalando poco a poco, a su ritmo, y con la sensación de dar pasos de hormiguita mientras el resto lo daban de gigantes. Su entorno seguía reiterándole inconscientemente que debía conformarse, y que ya era suficiente con lo que tenía.
Mientras sus amigos ascendían de curso, ella permanecía, y daba clases de refuerzo. Era una niña inocente, con una gran imaginación, y aunque la pena le inundara, quería pensar que su camino tal vez justo ese.
Se crió sin hermanos, y su único referente era su madre, la cual siempre le dijo que luchara por sus sueños.
Esa sensación de retardo nunca cesaba, iba creciendo y eso lo empeoraba, la presión social le decía que ella tenía que cambiar.
Además, dentro de cada relación personal con el paso del tiempo se sentía estafada, y ponía en tela de juicio su valor en cuanto a calidad de persona se trataba.
Las personas nunca son lo que aparentan, pero son necesarios más de veintinueve segundos para darse cuenta de ello.
Vivió varias mudanzas, y en cada una de ellas dejaba un trocito de ella misma en cada lugar, se hizo más independiente y autónoma, y en cada una de ellas dejó la mejor versión de sí misma.
Seguía esforzándose por ser alguien en la vida, en labrarse su futuro, sin necesitar nada de nadie, pues tenía que demostrar que no era una fracasada. Que esa niña a la que no “se le daban bien las matemáticas” podía conseguir lo que otros, a los que sí se les daban bien, no podían.
La exigencia iba aumentando conforme a la edad, hasta el punto de no ser nunca suficiente…nunca era suficiente.
Nuevos retos llegaban a su vida, compromisos sociales, como el matrimonio, o tener descendencia. Nunca había hecho lo que se esperaba de ella…y en este caso, no iba a ser menos.

Jamás actuó por rebeldía, sino por aquel puñetero criterio propio. Era puesto en duda por sí misma en incontables ocasiones… pero a la vez era tan inevitablemente inherente en ella, que se le hacía imposible de seguir. Lo más parecido a la fe que había experimentado.
Empezó a trabajar, se dejaba la piel y las lágrimas cada día. En ser mejor, y en superarse cada día. Absorbía la información como si fuera la única vez que fuera a adquirirla, e intentaba exprimir su cerebro para llegar hasta lo más alto de la montaña.
Durante toda su vida fue con el pecho al descubierto, y caminaba descalza ante las críticas. Sólo se enfocaba en tener su conciencia tranquila y ser justa con los demás.
¡Qué mundo este!, que te cruza y hace coincidir con personas tan libres como tú, y que si se caen siete veces…se levantan ocho…y así fue como empezó a conocer personas que merecían la pena incluir en su vida.
Aprendió de su profesión tanto, que la hizo suya, cual amor tóxico, en la misma medida que la quebraba…la hacía feliz.
Se hizo dueña y se apoderó del mismo control, era un titán, y se sentía poderosa.
Repelente…y orgullosa de serlo.
Ahora ese pasado en el que se sentía inútil estaba demasiado lejos, casi inexistente.
Siguió estudiando, formándose, y se quitó la venda de los ojos. Se percató de algo….pequeñas señales que le había ido dejado la vida a su paso, pero que había sido incapaz de ver:
Cuando ese amigo la buscaba, porque no había otra persona que supiera escuchar como lo hacía ella.
Aquella vez que un familiar se desahogó entre lágrimas a su lado, porque la consideraba válida para entender la situación y capacitada para dar un consejo coherente.
Cuando aquellos fracasos personales provenían…de la envidia, y que lejos de ser el problema, sin saberlo, era la vara de medir de muchos.

Y ¡joder!, esa primera vez que vio de forma clara que la pupila había superado a la maestra.
Entendió que siempre se sintió diferente, porque realmente lo era, y que no iba a seguir la senda que todos imponían o seguían, ya que eso no era lo que le hacía sentirse plena.
Desde luego, sentía cierta pena por esa gente…pero quién sabe, supongo que esa misma gente la podría tener también por ella.
Sea como fuere, dio con la tecla. Tardó en comprender que la vida no es hacer lo que los demás esperan de ti, ni en cumplir sus expectativas. Tu único contrincante eres tú mismo, y al que tienes que superar cada día.
Esa era la verdadera felicidad, ganar esa competición, rodeado de las personas a las que quieres y te quieren, el resto…es todo paja.
Pero claro, para eso no se tardan veintinueve segundos, sino veintinueve años.
15/7/2020

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