Un año

No parecía un mal día. Creí saberlo todo en un segundo, pasado de las doce.
Divagué por el primer patio, y el segundo pasé de él. Esperaba observar sonrisas
enternecedoras, abrazos de despedida y una que otra lagrima. No buscaba lo que,
en un principio, quería que sucediera. Hacía frío, pero temblaba a causa de pisar
la salida por última vez. Bien vestido, sucedería lo de hace tres años. El resto
de las horas pasarían como los meses en vacaciones. Me hice estatua viviente, pero
una que no es digna de fotografías. Me parecía divertido tomarme una foto, como la
única vez que lo hice, dedicada de vuelta. Hablé sin comunicarme con chicos que
desconocía sus nombres. Todavía tenía una misión más que cumplir: tomar mis peces
parlanchines, mal pintados, y marcharme. Estaba a segundos de ubicarme en aquella
recta semi-infinita. Entonces, entre regalos y corbatas mal sujetadas, el dilema
de entrometerme o no, vuelve, como el día al ocaso. Estoy equivocado al recordar
como sucedió los acontecimientos. Pero no era egoísta, si tan solo conociera sus
sentimientos. Precisamente por eso, me envolvía el egocentrismo como pétalos a la
rosa en aperturas de primavera. Sin embargo, puedo recordar que dí muchas vueltas
antes de reconocer el problema moral que me sostenía. Y justo dos días después del
presente escrito, me sucede lo mismo. Que me sirva de experiencia el comprender mi
persona simple. No necesito un paralelismo que replique la lluvia, una batalla
desigualada, fútbol, una pareja de hermanos y un noviazgo, para entender las risas
del final. Yo también usé los zapatos de Okazaki. Deslave mis parpados cada día por
solucionar los sentimientos que no tuvieron falla alguna, y manejar mis pensamientos,
que sí necesitaban ser renovados. Hubo incomodidad los últimos instantes del dilema,
y un abrazo, foto y “adiós” sellarían un ciclo. Pero, las risas del final me sonrojan.
Si la realidad en el humano sigue siendo un problema filosófico, me da igual desligarme
por ello. El caso es que nos reímos fuerte; nos burlamos de la desdicha. Entonces, si
puedo comprender pasado ya algunos inviernos, ¿por qué no lo razono ahora? donde cincuenta
y dos semanas han soplado, y sigo pensando que perdí.

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