Tiempo otrora imaginable
Hubo un tiempo, en que el amor no parecía una condena ni el tacto una herida abierta sobre la eternidad.
Entonces tu existencia no era todavía este réquiem silencioso que cae sobre mi pecho como una catedral consumiéndose lentamente entre sombras.
Aún recuerdo la manera en que tus ojos alteraban el orden de mis días.
Había algo en tu sonrisa que volvía menos cruel al mundo, como si por un instante la vida decidiera dejar de golpear tan fuerte.
Fuimos dos almas rotas intentando construir un refugio con promesas, abrazos y noches interminables. Y yo, que nunca me sentí suficiente para nada, descubrí a tu lado una absurda sensación de eternidad.
Porque hay personas que llegan para quedarse tatuadas en la sangre.
Tú fuiste una de ellas.
Todavía camino por habitaciones vacías donde parece seguir respirando tu recuerdo.
La madrugada conserva intacta tu ausencia,
y el silencio… el silencio tiene ahora tu forma.
Todo terminó convirtiéndose en una colección de ecos:
las conversaciones a media noche, las manos entrelazadas, las promesas dichas con miedo,
las discusiones que parecían el fin del mundo
y los besos que siempre encontraban la manera
de salvarnos del abismo.
Te amé con una intensidad que rozaba lo enfermizo.
Te amé como se aman las cosas que pueden destruirnos por completo.
Y aun sabiendo eso, habría renunciado a cualquier cosa por quedarme viviendo para siempre dentro de uno de tus abrazos.
Porque existen personas que no se convierten en recuerdos; se convierten en destino.
A veces pienso que la vida fue demasiado cruel con nosotros. Nos dio un amor inmenso
pero no la calma suficiente para sostenerlo.
Cambiamos. Nos herimos. Nos dijimos cosas que jamás debieron existir. Y aun así, cada vez que intento convencerme de que debo olvidarte, algo dentro de mí se resiste.
¿Cómo se olvida a quien se volvió hogar?
Todavía me descubro imaginando futuros imposibles:
una mesa compartida, risas atravesando la casa,
la tranquilidad absurda de saber que después de todo seguíamos eligiéndonos.
Pero la realidad posee otra naturaleza.
A veces el amor no desaparece; simplemente aprende a doler en silencio.
Y quizá eso sea lo más triste de todo:
comprender que alguien puede seguir habitando tu alma incluso después de haberse ido.
Hay noches en que pienso que debí luchar más.
Otras, en cambio, entiendo que hay batallas que el corazón pierde mucho antes de empezar.
Sin embargo, si el tiempo retrocediera, volvería a encontrarte.
Volvería a mirarte de la misma manera. Volvería a elegirte aunque supiera el final.
Porque existen amores que jamás nacieron para ser tranquilos. Nacieron para dejar cicatrices eternas.
Y tú fuiste eso.
La herida más hermosa de mi vida.
Cuando aquel año terminó comprendí que no solo estaba cerrando una etapa.
También estaba despidiéndome de la versión de mí que todavía creía en los “para siempre”.
Desde entonces camino distinto.
Más frío.
Más cansado.
Como si una parte de mí hubiera quedado atrapada en algún rincón de tu memoria.
Aun así, hay algo que el tiempo no ha podido arrancarme: la manera en que mi alma todavía pronuncia tu nombre aunque mis labios ya no lo hagan.
Y quizá dentro de muchos años, cuando todo esto no sea más que polvo acumulándose sobre la memoria, seguiré pensando en ti del mismo modo en que se piensa en ciertas canciones tristes: con melancolía, con ternura, y con ese dolor silencioso que jamás termina de irse.
Porque hubo un tiempo…
un tiempo otrora imaginable…
en el que fuimos infinitos.
¿Y de qué sirve la eternidad, si incluso lo infinito termina convirtiéndose en ceniza?
Responses