Te busco entre claroscuros enigmáticos
Te soñé tanto antes de nombrarte,
cuando el mundo era un borrador y yo
un aprendiz de destino.
Inventé ciudades donde tropezábamos sin querer,
y siempre eras tú la historia,
yo apenas el héroe cansado que llegaba
solo para quedarse.
Aprendí el idioma secreto de tus pausas,
esa gramática donde el silencio seduce
más que cualquier promesa.
Antes de oír tu voz, ya sabía
cómo mirabas cuando el alma
se te salía por los ojos.
Cartografié mis derrotas amorosas previas
como quien estudia sus viejas guerras,
solo para reconocer la forma exacta
cuando aparecieras:
no como salvación,
sino como una verdad inevitable.
Desarmé mi arquitectura interna,
dejé caer muros, costumbres, orgullos,
y con los restos edifiqué un refugio
donde el “nosotros” respirara sin miedo.
Nada quedó intacto:
todo fue una ofrenda.
Busqué tu fórmula en las estrellas,
entre ecuaciones imposibles
y en el ADN torcido de mis heridas…
Y te encontré en cada cicatriz
que decidió no cerrarse,
esperando tu nombre como antídoto.
Perseguí ecos de tu sonrisa
en bocas ajenas,
interrogué atardeceres
para ver si traían noticias tuyas,
y aprendí a bailar bajo la lluvia
por si algún día tu tormenta
necesitaba de mi pecho como abrigo.
Fui arqueólogo de mí mismo,
capa por capa,
hasta hallar el fósil exacto
donde tu amor encajaría
sin forzarlo.
Negocié con mis demonios,
los senté a un lado,
les pedí silencio cuando llegaras.
Memoricé el manual de tus sueños
antes de que los confiaras,
ensayé decir “te amo” en 47 idiomas
porque en el corazón —lo supe entonces—
tiene también acentos secretos.
Reorganicé las estrellas de mi cielo interno
hasta que solo dibujaran tu constelación.
No fue destino: fue una elección.
No fue deseo: fue una certeza.
Y ahora que me lees,
que algo en ti tiembla sin saber por qué,
déjame habitar en aquel temblor.
No prometo eternidades:
prometo presencia,
y a veces eso es lo más épico que existe.
𝐄𝐥 𝐏𝐨𝐞𝐭𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐂𝐞𝐫𝐜𝐚𝐧𝐚 𝐄𝐬𝐪𝐮𝐢𝐧𝐚
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