En esta tarde mustia y desabrida veo mi mundo arder, mientras la putrefacción abraza mis sentidos, y el miedo y la sangre recorren mis venas, viendo cómo todo estalla, por fervores y celos que visten el aire de dolor y desmadres.
Es difícil explicar, por qué estás loco, en especial en una sociedad sin manicomios e imitadores de cuerdos que te condenan al encierro de vida y palabra, obligándote a amarrar el pensamiento. Tanto que mi yo propio me parece extraño; empiezo a extrañar la sombra de mis últimos instantes en el estante de paz donde solo estaba con mi pensamiento conversándome estás minúsculas notas de sentimientos.
Corrí y descansé, buscando mi lucidez entre complicados caminos, pero me derrumbé en este planeta de indolentes. Nunca el hambre pareció tan sencilla hasta que vi a los niños rebuscando en la basura lo que no han tirado.
Bien sé que es vano soñar, por mi mal y por tu daño que no nos deja progresar, así que acaba por quemar hasta la loca de la esquina, a ver si logra hablar con sus mudas palabras y ocultos fantasmas.

Esa chica Tejida lleva el alma,
hilvanada con hilo de recuerdos negros,
De esas noches muriendo en una cama,
lamentando que el amor se iba lejos.

Escarba el cementerio en su mente,
Profana las tumbas de esos besos,
Que le trajeron mintiendo la muerte,
Para satisfacer sus fríos deseos.

De vez en cuando escapa del presente,
Va a Dónde sepultó ese cariño,
sabiendo que el dolor está enfrente,
ella abre esa caja, enamorada del martirio.

No hay voz que pueda despertarle,
Cuando recuerda el sabor de esa herida,
Aunque sabe que va a destrozarle,
Soñando su regreso, se desangra la vida.

Sentado en mi soledad mirando a través de la ventana, veo las gotas caer del cielo gris y recuerdo aquel día lluvioso de nuestra juventud, cuando por fin reuní el valor suficiente para decirte que te regalaba mi corazón.

Recuerdo tu rostro empapado y sonrojado, junto a aquellos hermosos ojos verdes que no se atrevían a mirarme, mientras acomodabas el cabello que caía sobre tu mejilla.

Recuerdo como tus labios se entre abrían y con un pequeño mordisco se aguantaban las ganas de decirme lo que había en tu interior, en lo que las gotitas de lluvia escurrían, sobre tu cabello marrón.

El viento tan frio que nos abrazaba en esos cálidos momentos. Nos brindaba caricias heladas, mientras hacia visible nuestros alientos. Provocando en nosotros la necesidad de acercarnos muy despacio, con la esperanza de besarnos por primera vez, hasta quedarnos sedientos.

Revivo el dulce aroma del perfume de tu cuerpo mojado, y la calidez que emanaba de tu interior. Jamás olvidaré tu timidez plasmada en ese rojizo rubor, que iluminaban tus suaves mejillas mientras te confesaba muy cerquita, mi amor.

Lluvia, lluvia, lluvia que cae y se desliza. Lluvia que arruina y lluvia que lo arregla todo. Lluvia que me la trajiste y lluvia que me la arrancaste de mis brazos sin razón. Lluvia que has sido mi amiga y lluvia que has sido mi perdición.

Recuerdo tus pequeñas manos temblando entre las mías, quizás por el frío, o quizás por la emoción. Sentados bajo la lluvia, mojados, y amándonos los dos.

Será que obsequiaba sonrisas
donde la felicidad escaseaba, pero
jamás noté que el mendigo siempre
fui yo.

Será que solamente ignoraba mi
presente, pero jamás noté que el
pasado siempre fue parte de mis
rutinas.

Pero lo más trágico fue enterarme
que esa maldita palabra ”será”, se
volviera la cuestión principal en el
juicio nocturno, donde el culpable
posaba mi nombre.

— Yardel Anco Bernaola

Mano pálida que todos alcanza
que por mucho joven y mocerío
todos acaban en el cementerio
y siempre urge la malaventuranza

A todos juzga con justa balanza
todo lo cálido se vuelve frio
mata hasta el mas inocente crio
llega siempre con brío o con tardanza

Ni los doblones ni rezos los salvan
a todo cerdo su San Martin llega
y los cuervos negros las almas ralvan

Sus allegados descansos entrega
van caminando lentos por veredas
y todo aquel por vida mejor ruega

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