No dejo de verte, incluso cuando no me lo propongo.
En mis sueños veo terceras personas,
entes y manos que cambian, fuerzan y provocan
mis encuentros contigo.

Manos que cambian direcciones
que a la vez alteran nuestros caminos y destinos.
Personas sin rostro definido
o sombras lejanas,
que trabajan en sus objetivos
y que resultan en nuestros encuentros;
en mis encuentros contigo.

Porque incluso en los sueños,
esos que no controlamos,
tú te centras en que la razón gane;
yo, como el “mosquito más tonto de la manada,
sigo tu luz”, viendo la función en el palco y
a veces, como hoy, también entre bastidores,
donde todo el mundo trabaja
para que la función continúe,
los actores interpreten sus papeles
y el espectador, subconsciente,
de la actriz, se enamore.

Entre farolas, paseos y parques
encuentro tu rostro, tu figura y aroma.
Ese que anhelo y que un día elevaron
mi imaginación al éxtasis,
imaginación que se orientaba a donde los pudores se pierden,
dentro de un gesto de fusión entre las almas y los sentidos,
en escenarios de obras inolvidables y testigos fehacientes.

En las puestas de sol, los amaneceres,
las nieblas, las lunas y las madrugadas,
tengo mis encuentros contigo,
aunque sé que me faltan los molinos, porque, Dulcinea,
los encuentros son solo míos.