Ritual de tu fuego silencioso

Eres el amanecer donde mi piel despierta,
la llave secreta que enciende en mí un incendio antiguo,
un fuego que solo tu aliento sabe gobernar.

Cuando te miro, amor, mi alma se inclina hacia ti,
como si tu nombre fuera un hechizo
y tu sombra la promesa más dulce de mi destino.

Tu cuerpo —símbolo vivo de todos mis vértigos—
convoca a mis manos como un templo que cita ofrendas,
y basta un roce tuyo
para que mi sangre recuerde cómo se pronuncia el deseo.

Tu sonrisa desmonta mis defensas,
tu perfume me nombra sin hablar,
y tu tacto es una luna roja
desbordándose dentro de mí.

Déjame ser la palabra que se derrite en tu cuello,
el susurro que tiembla en tu espalda,
el viajero que recorre tus constelaciones
hasta encontrar el latido donde me esperas.

Porque en ti todo arde con elegancia:
tu luz, tu misterio, tu piel que es presagio,
tu alma que me abre sus puertas
como un jardín prohibido que solo florece para mí.

Si me aceptas, amor,
seré tu rito nocturno, tu conjuro secreto,
la candela que te acaricia sin quemarte,
y la pasión que te respira despacio
hasta que tu corazón diga mi nombre sin pensarlo.

Ven.
Déjame entrar en tu cielo
como entra la brisa en un cuarto oscuro:
suave, intensa, inevitable…
hasta que tu alma y la mía
despierten desnudas bajo la misma luz.

𝐄𝐥 𝐏𝐨𝐞𝐭𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐂𝐞𝐫𝐜𝐚𝐧𝐚 𝐄𝐬𝐪𝐮𝐢𝐧𝐚

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