Vivir el día a día sin afán ni alegría, pero en su cabeza era una selva llena de furia, como si estuviera sólo en el mundo, cayendo cada día más y más en lo profundo.

La ansiedad era su rutina, la misma que con cada migraña se sentía en la ruina, poco a poco perdía su cordura, mientras el tiempo pasaba sin atadura.

Cada pensamiento era más intenso en casa, se sentía abatido y su ser ardiendo en brasas, que lo devoraba desde adentro, anhelando la paz y con ella su reencuentro.

Justo cuando pensaba que no había salida, llego la luz anhelada, aún sabiendo que podría ser una luna estrellada, prefiriendo la esperanza a una oscuridad sin huida.

Cuando la luz de sus sentidos parecía haber ganado, el destino no era lo que tenía planeado, pues la oscuridad aún estaba a su lado, muriendo por dentro por cosas del ayer que creía haber dejado.

Ahora su realidad variaba entre la felicidad y la locura, pues estas lo dominaban de forma pura, luchando en su interior, aumentando el pánico y terror.

Aprendiendo a vivir consigo, recurrió al hablar con su amigo, que aunque era producto de su mente este le daba abrigo, en los momentos que siento la soledad conmigo.

La tempestad parecía calmarse de vez en cuando, al escuchar la voz de su luna estrellada, y una estela que dejaba como un cuento de hada, que cada cierto tiempo se marchitaba.