La primavera lejos está. El frió es nuestro abrigo. Las estrellas siguen ahí arriba. Nos observan y nos juzgan. Las montañas y mares parecen ser los polos opuestos. A mitad de un bello amanecer, me encuentro acostado en hojas secas. Oigo el tintineo acercándose y las luces en la oscuridad se intensifican. Me aclaro y, de nuevo, estoy parado en otro año. El día transcurre y yo no siento miedo. Esta es mi situación: si fuera un tren, estoy en el mejor rumbo hacia el resplandor; si fuera un cohete, voy hacia el confinamiento más extenso. Y sólo estoy exagerando. Soy yo, versus el universo. Después de ser un explorador galáctico, me convertí en un tipo que no sabe lo que vale el oro. Me convertí en alguien imaginable. Voy un poco acelerado. Si me pusiera a imaginar mi futuro, seguro que desmayo. Y fuera de mí, no existe luz. Pero algo, llamada “realidad”, me abofeteó. Me hizo recordar mis sueños y mi corazón, como una maquina de vapor, al unisono con el carbón cayendo a la chimenea, se encendía.
Oh dulce néctar de mi vida. ¿A caso fue una predicción? Fue mi destino. Y la verdad sea dicha, cinco estrellas en el cielo siguen ahí. Ya no están en el espacio, pero su luz llega hasta mí. Y son mis cadenas que aprendí a cargar. Por fin, gracias a ello, puedo soltarlas con libertad y verdad. Y entonces entendí ¡Bingo! Me encuentro en el mundo de Platón, pisando la tierra a su vez.

Se resume todo con el estallido y la estampida de un huracán y cien pegasos de luz revoloteando. Mi corazón es verdad y te lo comparto. Y mi secuencia se reiniciaba. Pero caramba, no me lo esperaba. Y ahora, por primera vez, hay un rayo de luz en el invierno que abres tú. Me da calor y, sin importar que seas un sol mas lejos de lo que parece, llegaré hacia ti. Pero me siento iluminado y quién soy yo para responder al amor. En esencia, la inspiración había recién llegado, y junto a ella tu presencia. Y el horizonte es iluminado por los dos.