¿Qué quieres de mí, qué puedo darte?

¿Qué quieres de mí?
¿Qué regurcite los versos infinitos que entretejen mi maltrecho universo?
¿Quieres que las lunas llenas me martiricen por tu ausencia?
¡¡Ay, divina Natura mía!!
¡Qué tortura la mía al seguirte de manera tan esencial y necesaria,
qué hermosa eres!
¿Qué esperas de mi, qué puedo yo darte?
No se agotan las lágrimas que riegan
los geranios que visten
las paredes blancas
del laberinto que es ir a tu encuentro.
¿Cómo es posible?,
¡¡si he llorado ya todos los mares!!
¡¡Ay, mi diosa!!
La vida tengo en el haz
con las ilusiones
que proyectas con tus miradas.
La muerte, en cambio, en el envés,
por tu lejanía.
¡¡Ay, mi verdadero sentido!!
¿Dónde hallo yo el acierto a resolver
esta encrucijada?
¿Cuánto tiempo más podré respirar
esta tortura?
¿De dónde salen las fuerzas
para no dejar de adorarte?
¿Qué es lo que me das?,
si tan solo el recuerdo de tu imagen
me basta para salir del pozo seco
en el que me despeño, una y otra vez,
por no estar contigo;
con tu verde
y tus caminos vestidos de pasto
humedecidos del perfume que viene
en la lluvia que amas.
¿Qué es lo que me das, diosa mía?
Que no dejo ni un instante en volver a ti, una y mil veces.
De encerrarte en el lugar más puro
y ordenado de mi alma.
¿Qué quieres de mí, dime?
No puedo entregarte mi vida
sí ya eres dueña de mi destino.
No puedo entregarte mi cuerpo
sí ya eres dueña de mi voluntad.
¿Qué puedo hacer por ti, tú dime?…
Y mientras espero la probable respuesta inadecuada;
déjame que te diga,
que el cielo se me queda pequeño
si en él debo gritar lo que yo te amo.

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