Por mañanas con pan de trigo,
la nevera sin mermelada o nata,
llega mi lord ebrio de alcohol.
Con la camisa ensangrentada,
barro en los nudillos viejos,
y consigo una pala sin mango.

Mi ñora llorando con frío,
se acerca a la perilla cobalto,
encerrada con él sin piedad,
asegura la cocina con llave.

Un pasillo sin retratos familiares,
se alarga hasta mi habitación,
donde aprecio el ruido que atraviesan
paredes y sabanas, llantos o gritos.

No es ningún horror que respire.
Me doy cuenta de vivir así,
como termita sobre ataire,
conozco la paz que madre no.

La última sonata que ellos agitan,
quince primaveras tocan la puerta.
Los tabacos del abuelo sobre taburete,
en mano cerillos de papá.
Todo listo para cerrar con Rebm,
calor de mil llamas que provoqué.

Prescribo Domínguez en laminas gules.
No amo a mujeres que son golpeadas,
a hombres golpeadores. No amo a razón.
Tampoco odio la naturaleza que somos,
como Crono sin piedad y sin hambre.
Yace la tumba ignífuga de la paz.

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