(Por Charlientius)

Mi amor,
luces muy bien,
y yo me alegro.

Noté que al ver tú
que no acudía
al íntimo alimento,
se inclinaba pensativa,
acaso preocupada,
tu cabeza.
¡Qué delicia de desvelo!

Luego, siempre
distinguida,
te vi derrochar
tus modales exquisitos
en un inesperado
encuentro con algún afortunado conocido.
¡Bravo!

Gozas, no hay duda,
de enorme prestigio
social,
que tengo comparado
al que gozo yo
en mi familia.

Como resultado,
tal es la maraña
de afectos y convenciones
que nos aprisionan,
que, ni uno ni otro,
-aunque nos tengamos
frente a frente-
podemos dedicarnos,
en nombre del amor,
una mirada,
(no ya digo unas palabras…)

Que somos amantes,
de eso no hay duda;
si bien debemos de serlo
del linaje de los más tontos
y timoratos que pisaron
el planeta…

Y esto de amarse así,
como precisa no poco
de cuanto echan en falta
los que también nos aman,
nos consume por la culpa
y por continuos altibajos…

Estas crueles semanas
de tu silencio,
dan fe de lo que digo;
así como el eterno
-resulta ya pedante-
tono de despedida de mis
versos…

Es claro,
vida mía, que no
nos soportamos,
y que hemos hecho de esto
-con el coste ya citado
y en soporte literario-
una forma de vida…

Conocernos -¡alégrate!-
sería peor, incluso,
que cortar de raíz:
¿dónde caso yo,
tan rústico y pobrete,
en esa pléyade elegante
con la que te codeas?

Dejando este asunto
de una unión formal
por insoluble…
Probado que como
amantes,
hemos de serlo sólo
delante de Cristo…
Déjame agradecerte,
alma mía,
el milagro de contemplarte;
y esos signos inconfundibles
de que me conoces
como pocos…