Las almohadas de la tia enriqueta son suavecitas.
Parecen dos camellos del Egipto lejano.
“Mis chanclas de chicharrón” me gritó mi tía.
“Hijos de la Mantecada” dije yo.
Una araña de 30 pulgadas se paro frente a mi y dijo:
“No sean tarados, acuérdense jóvenes no es bueno tronar cohetes cerca del árbol de mi mamá.”
Entonces tomé un periódico y le di a esa maldita tres caricias cerca de su moporoco.
“Eres un gran sobrino juan” me dijó mi tía.
“No importa tía,lo que importa es que tus chanclas de chicharrón estan seguras” le respondí.
“Mocos pegados” me respondió ella.
Salimos del cuarto.
“Tía no se que haría si no comiera tus mazapanes de unicornio trasnochado” dije saliendo al jardín.
“No sé mijo, talvez comerías mi agua achocolatada de durazno que con tanto odio y repudió te preparó”. dijo ella.
“Tía, sabes que nunca sería así” le dije mientras yo le colocaba sus chanclas de chicharrón en sus sedosos pies de diosa.
Desde esa vez no vi a mi tía mas.