…Sucedió que adeliamente curioseando con pasos alegres y saltantes, una gavilla rubia. El joven con sus cabellos como trigo soleado antes de desgranar, paseaba sus brazos como si suavemente volara sobre del cielo el cristal. Su chaleco se overeaba ante la luz de un lejano atardecer y sus bolsillos sin pasaporte le guardaban sus manos, mientras su capa le brindaba sus alas. Sin ocuparse de la opita, se detuvo en un dintel.

Las escaleras bajaban toscamente y en la última de sus oruelas, una palomita descansaba sobre sus alas callada y silenciosa. Hojeaba un cuaderno de estampas en que ella buscaba confites de olvido, para atenuar penas infantes…Aborrascar un recuerdo, desquebrajarlo como fotografía entintada. El joven le hablo inclinandose y la esmeralda envuelta en cobre, se deslizo de su cuello exaltando los colores del poniente, collar de memorias, amuleto.

Sus rizos se removieron creando aún sombras más obscuras. El lazo morado y blanco se bajo de sus cabellos un poco más. El sol palideció sus mejillas y sorprendida lo escucho. Racimos de palabras la enmudecían como helechos sonoros que le nublaban su voz. Quedadaron sus mejillas como alitas abuñoladas, quedando quieta.

Le tendió envuelto en tela, un afari de tortas dulces con frutos galopeados en agua de azúcar. El joven se soltó en risa, he inclinándose de nuevo se marchó.

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