Nunca esperó nada

El viejo sofá conserva sus formas,
sencilla, amable y afable, dormida también,
su vida cansada, apilada en mil sueños,
sueños maltrechos que nunca cuajaron,
pendiente de lo pendiente y de lo del más allá,
criando y malcriando,
pero nunca espero nada.

La vida le sonrió a veces, le ilusionó,
y otras veces le rompió el alma,
recogió y perdió cosechas,
las mismas que vidas vivió,
las mismas que hijos pario,
dando paseos por las nubes,
pero nunca espero nada.

La sangre congelaba su espíritu,
envenenaba su angustia,
pero su amor era tan fuerte, tan puro,
que imantaba los corazones,
y lo percibías, y la mirabas,
y la añorabas, y la querías,
pero nunca esperó nada.

Sus ojos verdes se acentuaban,
y a veces se atenuaban,
se percibía lo bello en su interior,
retumbaba el clamor de sus heridas,
pero bien lo disimulaba, lo disuadía,
su rostro siempre sonriente,
pero nunca esperó nada.

Ahora no la tengo, no la veo,
no la huelo, no la escucho,
es un nuevo mundo para mi,
y ella en el suyo,
esperándome algún día,
pero nunca esperó nada.

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