No hubo más remedio
que encadenar nuestras vidas,
unir al fin nuestros cuerpos.

El revuelo que nos producía
la presencia del uno con el otro,
provocó lo inevitable.

Cómo presagio las miradas,
cómo fuego cada verso,
no quisimos evitar,
todo aquello que iba surgiendo.

Como un gran plan de ilusiones
sin frenos, caída libre hacia el deseo,
instante en que se unen labios impacientes.

Ya no había palabras, solo besos,
bocas que se mueren por tocarse.
Estábamos hambrientos y saciamos
nuestra sed en cada beso eterno.

Como una coreografía
de movimiento interminable,
buscando cada rincón secreto
de nuestros cuerpos temblorosos,
ardientes, dibujando desnudas nuestras almas.

Enzarzados en un tiempo que era nuestro,
sin nada que perder,
más que ese mismo tiempo.

Y el recorrido fue perfecto,
caricias que envuelven mágicos sueños
que al fin se cumplen en ese momento.

Pasión inmejorable, cobijo de anhelos,
nos descubríamos en cada gesto,
en cada curva y pliegue de nuestros cuerpos.

Nos apetecía todo, el uno del otro,
y no hubo remedio,
gozamos hasta llegar muy lejos,
tan lejos, hasta tocar el mismísimo cielo.

Y nuestras vidas encadenadas quedaron,
nuestra piel aún sigue soñando,
las mágicas caricias que en aquel momento,
no remediamos.

0