(Por Charlientius)

Si mis palabras
no me llevaron hasta ti,
¿para qué quiero mis palabras?
Si no sirvieron para provocar
que me escribieras
(no ya digamos para hablarme),
¿para qué quiero mis palabras?
¿Truco? Ni siquiera los trucos
fueron trucos:
¿me harás reconocer
– ¡qué vergüenza! –
que fueron medios
para hacerte reaccionar?
Puedo ver tu cara,
tu seriedad formal,
y aunque me enloquece
cada cosa,
me convenzo de mi pequeñez
a tu lado.
Eres demasiado buena.
Sabías que era inferior
desde el principio,
y aún así,
te compadeces de mi situación.
¡Qué distancia, Señor,
entre tu categoría,
tu principalidad,
y mi innegable mediocridad!
Si yo no puedo llegar a nada,
¿por qué te preocupaste
de que escribiera de esto o de aquello,
si ni siquiera se entiende?
Has perdido el tiempo con un miserable.
Y voy a convencerte.
Te lo debo a ti y a otros más
que -como tú-
son mejores que yo…
¿De qué me sirve haberte escrito?
Pon cuidado en todo.
Siete ojos aquí y allá…
Estás estupenda, caray.
Tengo que irme.
Ahora a leer siquiera un año…
Y nada de palabras.