Mis fantasmas legendarios

Aquí, en esta plaza que
otrora fuera dicha y
abrumadora vendimia, solo
la nostalgia me alcanza. En
confusa calma, alzo mi voz al
viento, y hasta la impávida
espesura de los montes
rehúye a mis embelecos con
impulso fugaz y absurdo.
Cual el pensador David
Hume, sueño concebir la
línea secreta entre los
sentidos y la razón para
escapar de mí, entonces,
como huye una mariposa al
fantasma de la oruga.
Quisiera un cirio encendido
desde los nichos insomnes
de Jerusalén, la túnica nívea
e inmolada del patriarca José
y una mancha de estrella que
espante mis lobregueces.
Quisiera poseer la furia
incontenible del Gólgota, el
corazón de las tempestades y
despertar el sueño de Jesús
en la barca de Galilea.
Quisiera ser mástil o
sextante, alma de marino o
de velero roto, y creer que al
otro lado de todo me espera
el indio Bernardo con sus
mágicas canastillas de junco,
el rastro agónico del Faquir,
y el poema olvidado de
Ángel Silva sobre el mármol
dolido de una tumba.
Todo eso quisiera, pero es
simple espejismo, ya lo sé, si
en este pueblo triste, como
los lánguidos camellos de
Barba Jacob, mi vida
inútilmente perdida galopa
hacia la nada.
A lo lejos, solamente diviso
la majestad herida de un
jazmín, el Baltazar de las
sombras persiguiendo los
Madrigal de Versos

Mis fantasmas legendarios
cristos de la añoranza, y me
veo, entonces, a mí mismo
en el vasto territorio del
olvido, gobernando un
imperio de cenizas,
banalidad y espanto.
Abnegado al pueril romance
de las palmeras y el cierzo,
cavilo inalienablemente a un
encuentro con el ayer, y en
tanto el recuerdo, como la
hiedra inclemente sobre el
muro, ciñe en mi alma su
enredadera de incipiente
amor y amarguras. Más sigo
aquí, viendo como muta mi
augusta realidad en delirio,
como desvela una mirla el
silencio desnudo del césped
y como en sus parcas
liviandades la libélula sorbe
el cáliz de los lirios
marchitos.
Aterido, mustio y vacilante,
desde aquí contemplo la
vida que me queda: las
sabanas dormidas con la
huella de los caballos
desbocados, el canto
agobiante de la torcaza que
en su postrer vigilancia sufre
la soledad del parque, la
compasiva mirada de una
virgen en exilio y aquel
camino olvidado hacia el
legendario ranchito feliz de
la Vieja Nohemia.
Aquí, bajo el velo imposible
de la nada misma, sueño con
los amaneceres que ya no
son, con mis cenicientas
descalzas y sus pródigos
besos, mientras veo pasar,
con innito desconsuelo, por
la calle ancha y polvorienta,
la fascinante hojarasca de
tanta vida que se va al
galope, por un camino
áspero e irrevocable, hacia el
nunca más…

Por Fernando Daza Daza- FerDaz

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