En lo más alto del monte resido yo,
Anido como el águila en una tarde de invierno.
Guardo reposo de los frentes que me depara el destino,
Una, dos y tres veces sucumbo a ese melodía imperial,
Que anuncia la llegada de los camaleones.
¿Cómo es que quedan cenizas cuando ni incendio hubo?
Llueven cristales galvanizados de Andrómeda,
Un haz de luz recorre el pueblo y se prenden fogatas,
El monje recuerda el sendero en el que caminó solo.
Migajas de pan yacen en la esquina del armario,
Brotes de col inundan de fragancias el huerto,
Ahí donde el abuelo cavó su tumba hace años.
Se me crispan los pelos pensar que soy el último sobreviviente.
Las fauces del lobo tocaron mi puerta pero no abrí.
Hallábase mi perro y yo escondidos en el ático,
Detrás del mural de piedras benditas.
Rituales vienen y van como el aire.
Lanzando bofetadas mi madre no recuerda a quienes parió.
Estupefacto, el hombre internado se mira al espejo,
Desconoce esos brazos que degollaron al cordero.
Sumiso animal, fue evaporizado a los pocos días.
Cruel ese mundo de pulsaciones erráticas.
Los espíritus acechan al niño en su viaje al olvido.
Ando sentado pensando en el infinito,
¿Cuándo me llevarán las estrellas lejanas?
Su luz se extingue con cada aliento que doy.
Un vaso de agua sirve para calmar la ansiedad,
Madre que ha penetrado mi hueso,
Hizo brotar la sangre azul de la adolescencia,
Lugar sin sentido, crudo y podrido.
Gracias a Dios estoy herido pero con vida.
Estoy en un sueño de sueños que no entiendo:
De paisaje incoloro, desnudo ante un público embrujado,
Se ríen de mi apariencia, son coyotes en busca de mi carne.
De pronto me pregunto: ¿Sigo consciente?
Y asciendo ante la vista de una luz cegadora,
Esta pregunta: ¿Por qué has tocado mi puerta?