Ayer tocaban a mi puerta
eran los hombres sin rostro
ayer merodeaban mi puerta
eran los perros de los hombres sin rostro
ayer tocaron a mi puerta
eran los rastros de la muerte, de los hombres, de los perros,
de los días de la espera.
Los atendió mi fe de erratas
mientras allá en un patio lejano
soñábamos jugar a los hombres sin rostro.