En las penumbras que adormecen las imágenes
se elevan las gaviotas que se van a morir
mar adentro,silenciosas y tristes, el destino
es así, está escrito y hay resignación, los
crepúsculos son testigos día a día,
como si las heridas de la tierra se cerraran
cada anochecer para abrirse con más dolor y
sangre al amanecer.
En los escenarios de la historia que escriben
los hombres hay cabida para todo, honor y vergüenza,
gloria y venganza,lagrimas que caen en cascadas
verosímiles, que llegan al mar, porque al mar
deben llegar todas las corrientes,
no le pregunten al poeta porque, eso deben
preguntárselo al arquitecto de las cosas
más inesperadas, el verde, el café de miles de
tonos, el viento, la lluvia que cayó en todas
las eras, las buenas y las malas, sobre cuerpos
errabundos que buscan paz y buscan guerra, eso
tampoco lo puedo decir yo, pues no hay tanta vida
en mis sueños para avizorar si las tormentas que
vendrán darán lugar a las imágenes perfectas que
nuestros ojos distorsionan; ya no más hipócritas
alucinaciones, como el brillo de la luna sobre
los cuerpos amantes, eso se terminó, cuando
bajaron los bufones blasfemando contra todos,
como si fuera el circo de la vida, el lugar
indicado para sentarse a llora.

II

No vienen ni vendrán salvadores de luces
de un cielo corrupto, eso ya no es la esperanza
de mortales, amanecieron muertas todas las imágenes
de yeso sobre los altares, se quemaron los
libros sagrados, ya no queda vino para celebrar,
no hubo espacio para un Dios negro, que fuera tan
imperfecto como lo somos los que andamos descalzos
sobre piedras calientes o fecas de ratones,
golpeándonos el pecho como penitentes sin razón,
la codicia ya es dominio de otros, ni pecado capital,
las referencias del camino correcto se desaparecieron
cuando el padre mando al hijo, cuando la madre pario
virgen, cuando el hijo levantó muertos y cuando
al hombre lo hicieron Dios:
entonces se perdió toda razón, los animales
se comieron entre ellos, las aves dejaron de migrar,
los huevos de águila quedaron al alcance de todos,
como si todo se hubiera convertido en un minúsculo
infierno de diablos sin poder y asustadizos,
como una imagen estropeada y pisoteada de la vida plena,
la felicidad con dicha, la eternidad, maldita comparación
con la muerte que si es eterna, como si se vaciaran
copas de sangre al mar embravecido, como si se vaciaran
copas de sangre en los pedestales bautismales de los
engendros de nuestros poemas, escritos con los dedos
quebrados y habiendo perdido toda razón.

Andrés de Lua

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