Mírame.
Déjame saber que existo.
Si no el rojo tiempo deshará este breve aliento
que mis débiles brazos no logran alcanzar.

Mírame.
Deseaba tus ojos azules.
Te pedía que tu sombra me quemara
siempre que estuvieras a salvo al otro lado.

Mírame.
Para coser la muerta sangre
y proteger las finas paredes de mi corazón
con tu dulce suspiro de amarga distancia.

Mátame.
Cuando llegues al cielo,
mi oxidado techo se colapsará,
enterándome de nuevo a la hambrienta tierra.