El barco navegaba
viento en popa
a toda velocidad.
Lucía un sol radiante
que hacia aún más bello el mar
y la tripulación cantaba abrazada
llena de alegría.
Las noches
no podían ser más hermosas
y el sonido del mar
hechizaba hasta a las sirenas.
Pero sin quererlo
y de repente,
en décimas de segundo,
despertó del cielo
un temporal aterrador.
A la fuerte tormenta
le acompañaba
la bravura del mar,
y los tripulantes,
lejos de luchar unidos,
se increpaban
unos a otros
como niños pequeños.
El barco resistió no una,
sino varias tormentas,
y aunque todavía navegaba
quedó hecho pedazos,
y aquellos hombres
comenzaron a discutir
si deberían cambiar de nave
o quedarse en aquella.
La mitad se quedaron
y la otra mitad se fueron,
unos decidieron volver a casa,
y los otros tomaron el rumbo contrario,
y fue así como,
aquellos hermanos de la mar
que serían capaces
de dar la vida
por cualquiera de sus compañeros,
jamás volvieron a tener noticias
los unos de los otros.
Unos decidieron
navegar con otro barco,
otros quedarse
con el que fueron
más felices.
Y quién sabe si
algún día,
los mismos temporales
que los separaron,
y el mismo mar
que les hizo despedirse,
los volverán a unir,
y harán que naveguen,
todos juntos,
otra vez,
de nuevo.

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