La terquedad de apostar por caminos que se reinventan

 

Edwing Encalada Ponce

La vida me enseñó —con modales de tahúr y calendario oxidado—
que los sueños no se cumplen: se discuten, se sangran, se desarman;
y aun así, qué terquedad la mía,
seguir apostando el pecho
como quien desafía al abismo y a perder otra partida.

Pienso, luego tropiezo;
tropiezo, luego existo,
y en cada cicatriz descubro
que el alma también razona cuando el dolor la vuelve filósofo.

He visto noches fumar sobre mi sombra,
he brindado con derrotas que sabían demasiado a despedida,
pero nunca aprendí el oficio de rendirme.
Tal vez porque Dios —ese poeta clandestino
que escribe recto sobre mis líneas torcidas—
me dejó respirando por alguna causa todavía no revelada.

Y aquí sigo:
medio Cortázar en los laberintos del pensamiento,
medio Sabina en los bares donde fracasan los cobardes,
buscando una trascendencia que no quepa en los epitafios
ni en la burocracia miserable de los relojes.

Porque vivir no es durar,
vivir es incendiar la costumbre,
es mirar al destino a los ojos
y decirle, con elegante insolencia:

¡Todavía no termino!

Que otros coleccionen certezas;
yo prefiero las preguntas que desvelan,
los caminos que obligan a reinventarse,
las tormentas que enseñan más que los templos.

Al final entendí algo peligrosamente hermoso:
trascender no consiste en volverse eterno,
sino en dejar un temblor imborrable
en el corazón de quienes nos pronuncian después del último abrazo.

𝐄𝐥 𝐏𝐨𝐞𝐭𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐂𝐞𝐫𝐜𝐚𝐧𝐚 𝐄𝐬𝐪𝐮𝐢𝐧𝐚

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