La epifanía de tu presencia

No sé qué hechizo trae tu llegada,
pero desde que apareciste,
el resto del mundo perdió volumen
y mi alma empezó a escucharte a ti.

Hay un misterio tuyo —silencioso, altivo—
que inclina mi paz hacia tu orilla
como si mi calma hubiera descubierto
su verdadero destino en tu respiración.

Yo no planeaba sentir…
pero tú irrumpiste como esas historias
que uno no quiere leer: quiere vivirlas,
respirarlas, arder en ellas.

Tu sonrisa no ilumina… hipnotiza,
es un faro que no guía:
ordena el caos que llevo dentro
y le cambia el ritmo al latido que se me escapa
cuando te pienso lento.

Hay miradas… y está la tuya:
esa que deja huella donde ningún olvido toca,
esa que se queda instalada
como un eco tibio entre la piel y el deseo.

Tu forma de ser tiene un encanto peligroso,
no el que atrapa:
el que desarma por accidente,
el que enamora sin siquiera proponérselo.

Eres la calma que se siente como tormenta,
la tormenta que se disfruta como promesa;
un equilibrio improbable
donde mi corazón encuentra su forma más sincera.

No sé si eres destino o casualidad,
pero conmigo ya eres historia:
una que se escribe sola
cuando tu sombra roza mi pensamiento.

Hay algo en ti que despierta mis ganas nobles…
y esas otras que jamás confieso,
esas que tu piel intuye
cuando mi mirada se desnuda un segundo más.

Tu presencia es un idioma
que mi cuerpo entiende mejor que mis palabras;
un roce invisible
que me quiebra las certezas
y me arma de coraje para desearte sin medida.

Si supieras el efecto que tienes en mí,
me mirarías dos veces
solo para comprobar el incendio.
Eres esa tentación que no seduce:
simplemente ocurre.

No busco conquistarte:
busco que tus sentidos me reconozcan
antes que tu mente,
que tu piel pronuncie mi nombre
sin que tus labios lo digan.

Y aunque lo peligroso de ti
es que no haces nada
y aun así lo cambias todo,
yo elijo ese riesgo hermoso
que lleva tu nombre.

Si supieras cuánta poesía nace
cuando te pienso,
no volverías a dudar
del poder que tienes en este hombre
que, sin permiso,
ya decidió habitarte.

Y si me permites quedarme,
descubrir tu misterio abrazo tras abrazo,
roce tras roce,
suspiro tras suspiro,
te juro —sin exagerar—
que haré de ti la patria donde mi alma
encuentra su hogar más fiel.

𝐄𝐥 𝐏𝐨𝐞𝐭𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐂𝐞𝐫𝐜𝐚𝐧𝐚 𝐄𝐬𝐪𝐮𝐢𝐧𝐚

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