La enfermedad de las aves

Ayer divagué por las calles fantasma de Madrid.

Y mientras bailaba una danza sorda por aquellas lagunas olvidadas,

carecientes de cualquier tipo de público o de espectador,

tuve, por un eterno instante,

aquella misma fúnebre sensación, ese mismo sabor;

ese olor,

el olor ya familiar de visitar a un ser querido, en un sombrío cementerio

en uno de aquellos lugares, tan repletos de muerte

pero a su vez anegados de ángeles marchitados;

aquellos escritores de historias, poemas, pasajes,

padres de los versos más bellos, aquellos versos construidos con ladrillos de oro, dedicados al amor de sus vidas, y a los peregrinos de estos andares, sumergidos en el caos y en el miedo ahogante.

Versos, sí, y centenares de fragmentos que maravillarían al mundo

y que jamás pudieron serles leídos al público en voz alta.

Ahora he vuelto, a esta ciudad en la que bailaba, y me quedo mirando al cielo.

Llega la lluvia cálida, con gotas ácidas y hojas de fuego,

caídas del Olimpo,

como ángeles caídos, que regresan a la tierra.

Se limpian las calles, las huellas y las pisadas de millones de antiguos enamorados

se empapan las tumbas grises, dejándose ver de nuevo los nombres y los apellidos de aquellos navegantes dormidos.

Navegantes y capitanes,

de aquellas mismas aguas,

de aquellas mismas calles, que se encuentran vestidas en el olvido.

Donde aquellas tormentas silenciaron los gritos mecánicos y metropolitanos de esta ciudad

esos gritos sordos, culpables de hacerle sombra a los más grandes pensadores, escritores y ensayistas modernos.

Creadores y artesanos de las letras,

enamorados hasta las entrañas.

Aquellos locos

que te caminaban a ti

a tus barrios, a tus avenidas,

tus carreteras perdidas y a tus laberintos de jóvenes fieles a la virginidad del deseo.

Aquellos seres perennes, que te veían como a un enorme esqueleto

repleto de vida, conectado por articulaciones, venas y capilares.

Llenas de sangre, de lluvia fragante

con olor a sexo,

dejando tu piel de porcelana mojada,

humedecida por mi culpa temprana;

por pensarte cada día, durante cada amanecer,

tras las noches de augurio

mientras escucho mi vinilo favorito,

deseándote a ti

a tu figura

que se encuentra viva en mi cabeza, y muerta en esta habitación en la que te escribo poesía.

La mayoría de los seres que te habitan,

siguen vivos, en pié y erguidos, esperando a que alguien les salve, les ame, les escriba poemas de amor infame,

para después volver a verse los rostros maquillados

y no sentir nada, únicamente vacío entre almas

acompañadas por sueños arroyados,

y consumidas por la mentira y el compromiso que no es sincero,

por amor embustero.

Otros, como yo mismo, morimos hace ya semanas,

de manera lenta, y a su vez rápida,

desnudos ante el miedo y la incertidumbre.

Fieles a escribirte cada día,

de forma sincera,

a nuestra querida amada,

a la que esperaría cada alba y cada anochecer,

hasta el final de nuestros días.

Porque somos los pájaros que amaban sobrevolar esta ciudad;

que amaban olerla, recorrerla sin marcar una x en el mapa, sin querer planificar un final en el recorrido.

Los que se volvían aún más locos cuando intercambiaban miradas volando tus cielos, tus calles,

Los mismos que se encendían cuando tenían la oportunidad de cantar junto a otras rara Avis.

Los que lograban encontrarse en un mismo lunar, arruga o peca de tu cuerpo.

Porque somos las aves que le temían a las personas,

pero que no le tenían ningún miedo a la oscuridad de tus museos y de tus edificios de hueso,

iluminados por los libros, los cuadros y las incontables esculturas de aquellos mismos navegantes que se morían de placer tras ahogarse en tus aguas.

En esas aguas, llenas de sirenas

que me susurran al oído, que me enamoran con su canto

y que hacen que pierda mi aliento entre las olas, movidas por la brisa de tus cabellos.

Los cabellos que recorro, que me sé de memoria

en los que habito,

y en los que estamos todos atrapados

como aves enjauladas, llenas de ira y de rabia

hacia los que cortaron nuestras alas;

hacia los que impidieron que volase tranquila, que me escapase de esta ciudad sumergida,

en la que ya sólo quedan los tesoros, que se encuentran enterrados en tus calles.

Los libros, ensayos, manuscritos, cartas de amor,

escondidos en esta nueva Atlántida,

que se encuentra tan perdida y tan desconocida como yo, como el resto de pájaros

que ya no tienen a dónde emigrar

a dónde escapar

a dónde huir

a dónde encontrarse.

Soy esa ave, que desea eclipsarse de esta jaula de oro

de materiales que me dan supuesta felicidad, una felicidad que no está,

que no es real.

Porque lo único que es real, en esta guerra silenciosa,

en estos mares,

que entierran millones de escritores anónimos abrazados a sus obras,

a centenares de almas navegantes,

y a docenas de aves,

es el tenerte en mi corazón,

Y cuando finalmente alce el vuelo,

cuando abandone mi jaula de oro,

cuando vuelva a sobrevolar el cuerpo desnudo de Madrid,

y deje debajo de mis alas a los interminables mares que a tantas almas ahogaron,

y emigre al oeste,

alimentándome de ganas con sabor a ti

ya seré libre,

cuando te encuentre,

y vuele contigo.

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