La decadencia de Sophia.

La razón por la que escribo no es para mantener las palabras lejos de mí, sino para que queden ocultas del abismo. Me la paso creyendo que es así, que es la única manera en la que puedo mantener en secreto mis pactos como ser humano, si es que puedo llegar a serlo. Y si algo aprendí hoy, es que Dios no comprende al arte, ni el arte a Dios.

Creo en ti como la única certeza de lo que puede llegar a ser tangible, mientras que todo lo demás se vuelve un reflejo de mí mismo. Y es en mi propia arrogancia donde he llegado a temer por lo desconocido, por lo que es imposiblemente real y verdadero, con el misterio de las cosas como un océano de muertes y desolados llantos que nunca se detienen.

Queda al menos el desconsuelo de habernos conocido, Dulce María Magdalena, partícipe del engaño sin haberlo sabido. Y si la vida tiene una historia, esta se mueve en torno a una traición, la cual se repetirá inconmensurablemente, siempre y cuando así lo requiera el mito de la creación y la vida eterna.

Aguarda en mí la angustia y el desapego por el reino de los cielos, reino autoproclamado como la salvación humana. Y si el ciclo se repite, enviarán un nuevo Cristo. Y si la historia se repite, sucumbirá de nuevo ante el odio y tormento del falso padre. Y si la vida continúa, te confieso que esto no es más que un enigma anhelando ser solventado.

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