Han sido meses de soñar y nunca descansar,
meses de querer más el insomnio que regresar a ese lugar.
No es un sueño cualquiera,
es uno que se repite sin parar.
Cierro los ojos y sin advertencia alguna, ahi estoy,
a este lugar lóbrego y oscuro lo he llamado la costa.

Pasada la ofuscación habitual,
recuperó el entendimiento y la capacidad de ver con claridad.
Como todas las noches, no cambia ni el más mínimo detalle,
despierto en este lugar sombrío que no conoce el calor,
no se ve nada más que el faro cubierto de bruma,
no se escucha nada más que el sonido de un mar invisible,
este lugar triste e inusual es el que he llamado la costa.

Bajo del faro y con debilidad camino siempre hacia adelante,
nunca apartado del camino alumbrado.
Al bajar el último escalón hay silencio,
súbitamente la luna deja de existir,
no hay marea y el agua está al nivel de mis rodillas.
Es exhaustivo pero tengo que seguir adelante,
tengo que seguir el camino que me indica la costa.

En este lugar no hay noción del tiempo ni espacio,
puedo a caminar por horas en el agua y sentir que no he avanzado,
pero eventualmente llegare al cementerio.
Cuando empiezo a perder la esperanza, cuando pierdo el camino de luz,
en ese momento es que veo las columnas de la entrada.
No tiene sentido no verlas de lejos,
son inmensas y su fuego amarillo es chillante a los ojos,
pero así ha sido desde la primera noche, así lo quiere la costa.

En el cementerio, el agua se vuelve más fría,
la luz es tenue y el lapso de visión es de menos de dos metros.
Pero la costa es buena y se vuelve un maestro de historia,
“tenemos que aprender de los errores del pasado para no volver a caer en ellos”,
y me enseñó, me enseñó a través de la muerte,
en cada tumba hay un aprendizaje y de estos grabados he aprendido a sobrevivir.
“Yo me perdí”,
“Yo grite por ayuda”,
“Yo volteé hacia atrás”,
“Yo salí del camino iluminado”.

El cementerio se vuelve más profundo,
al punto de tener solo mi cabeza sobre el agua.
El cementerio se vuelve más oscuro,
al punto de no poder ver mas allá de mis propias manos.
El cementerio se vuelve más ruidoso,
al punto de no identificar los chirriantes sonidos a mi alrededor.
Pero está cerca,
¿Alguna vez ha sido un escalofrío lo que interrumpe tus sueños?

Esta noche fue la excepción,
cuando esperaba el sentimiento de alivio que es sentir la piel de gallina,
cuando esperaba el alivio que es estremecerme y despertar en mi cama,
cuando esperaba la calidez de mi cuarto oscuro,
cuando esperaba despertar y escaparme de nuevo de esta macabre costa,
no sentí ese escalofrío que me señala el fin de esta pesadilla,
sino sentí algo más,
sentí como el suelo desaparecía ante mis pies,
sentí como la luz desvaneció en segundos,
sentí como no tenía fuerzas ni siquiera para seguir a flote.
En ese momento la costa me desertó y sin contacto alguno fui arrastrado hacia abajo.

No he vuelto a sentir calor,
no he vuelto a ver el sol,
no me puedo mover,
me he convertido en un mensaje,
me he convertido en una advertencia,
me he vuelto parte del cementerio,
me he convertido en una tumba,
pero nunca sabré cual es mi consejo para aquellos que aventuran La Costa.