Ellos eran docenas,
ella solo una,
su única arma, su condena,
su dolor, su ruptura
su falta de amor.
La batalla iniciaba,
los demonios ganaban,
su fuerza se acababa
y cuando menos lo esperaba,
la chica luchó,
sus demonios se reían
porque muy bien sabían
lo que ella haría.

No los venció,
ni mucho menos,
solo los amó
como debió hacerlo.

Ahora ellos se convierten,
en ese complemento,
en ese sustento
que ella no sabía
necesitaba en cada momento.
Recuperando el aliento
cuando
la batalla se está perdiendo.