Fueron años muy confusos en los
que anduve flotando por el aire
como el humo que salía de mi yerba.

Malvivía,
y apenas sonreía.

Me cubría por las noches del
vino barato que me bebía,
y
respondía a mi Pepito Grillo,
que nunca dormía.

Escribía algunos poemas en una
habitación de alquiler sucia.
Con la lampara rota.
A solas, Pepito y yo.
Decepcionados y resignados,
en otra lúgubre noche.

Deteniendo las lágrimas, pensando
que este mundo nunca se convirtió
en lo que debió ser.
Nos tuvieron engañados desde
el principio,
y ahora mascamos con más conciencia
la realidad de algo casi irreparable.

La noche y su oscuridad.
Las sombras. El sonido de la madera.
Gotas chocando, suaves.
Yo. Pepito. El insomnio.
..
Escribiendo a la luz de una
bombilla desnuda.

“¡Pablo! Búscate una buena mujer, que te llene y te complete”
¡Pobre Diablo!, muerto de cariño…

Mujeres.

Las mujeres que a mi me gustaban
estaban en peligro de extinción.
La mayoría carecían de atributos
para adentrarse en mi corazón.
Se requería de una gran habilidad
en la locura,
para que yo viera esa chispa,
que puediera prender el fuego.

Otro Amor en este Infierno.

Y aquella noche se dejó ver.
Sus ascuas brillaban entre luciérnagas
apagadas.
Ella era una auténtica mujer de fuego.

Sentado en medio de
conversaciones estupido-varoniles
de inspección al ganado,
me emborrachaba más, y más.
Y más.

Seguían allí , delante de mi copa.
Toda esa fauna de piernas
y faldas cortas.
Sólo veia coños.
Coños, coños, y más coños.
Bonitas voces que no decían
NADA y siempre se quedaban
en un rebundante y hueco COÑO.

Y apareció ella..Y se sentó con nosotros.
Una inocente y borracha fuerza de la belleza.
Me fijé en ella. y por fin ví ALGO.

De repente había una forma.
Habían orejas, habían pestañas,
había una nariz. Habían unos labios
finos y deliciosos cómo el beso después
de un dulce.
Y tenía la mirada de un tierno
animal salvaje que mira taciturno
desde los barrotes arder todo..

Esa loca y dulce chica que se me coló
como el vino, o las pastillas..

Rompió mi duda, y mi mundo.
Rompió la noche.
Como todos esos apestosos coños,
que ya eran invisibles para mi.

Simplemente, ella estaba allí.

Yo aun tenía la botella.
Y debí haberla alzado,
por qué en ese momento,
algo en mi vida, por fín
tenía sentido..