La vida, tan fugaz y tranquila y tormentosa,
me tiene aquí en esta cárcel melancólica
Recordando los febreros que no vuelven
los agostos que con brusca nostalgia,
que con brusca nostalgia me hacen querer llorar.
Se avecina días soleados, sueños apagados,
tiernos amaneceres que veo al despertar.

Mi habitación tranquila, los felices duermen,
en las calles levemente caminan los zombies directo a trabajar.
Las mañanas son tristes; los cuerpos, decadentes,
van rumbo, rumbo a su exterminio,
rumbo van a cumplir con otro día más,
otro día más de no vivir.

Qué soy yo si no otro cuerpo más que va,
que va por el sendero directo de la inexistente felicidad
Qué soy yo si no otra pobre alma que busca,
que busca en algún lugar, un cofre, una caja,
una carta u otra cosa misteriosa al azar,
una señal para seguir viviendo,
o una señal para no querer morir más.

Las personas son tristes, aunque tristes musiten: “¡Soy feliz!”,
aunque en sus apagadas mentes véanse realizados,
aunque en sus apagadas mentes aún crean, inocentemente,
haberle dado sentido a su vida.
Su miserable existencia se reduce en esperar los viernes
que los liberan por unas horas de su ominosa rutina,
se reduce en repeler los lunes que les ponen los pies en la tierra,
se reduce en amar las vacaciones más que un hermoso paisaje
que difícilmente llegarán a conocer
o amar una brillante melodía que ensordece a los desequilibrados,
que vislumbra a los pocos resignados
que saben apreciar con entusiasmo
una melodía de Mozart más que un día de vacaciones.

Que era feliz pensaba un tiempo atrás,
Yo lo pensaba por tenerlo a mi lado,
sus palabras en esos momentos del mundo mi vista apartaban,
y la existente miseria era nublada.
Ahora comprendo, es verdad…
La felicidad no cabe en este planeta,
ni siquiera con alguien a quien amar,
no cabe porque al final de la historia
cuando todos se han ido ya
solo nosotros quedamos, solos, solos con nuestra memoria,
memoria que deseamos desvanecer…
Y es entonces cuando damos cuenta
de la inexistencia de la felicidad.