¿Quieres para mí
que experimente
el absurdo
de ver pasar las estaciones
con sus fiestas,
-todas las cosas nuevas
que han de venir
para cambiar
los hábitos
del mundo-
para que pueda
repetirme día tras día:
fuiste un necio
por renunciar a un amor
que perdura en el tiempo?

Prefiero una herida abierta
a contemplar -mientras
el mundo cambia
y hasta los justos sueñan-
una cicatriz sin vida.

¿Hasta cuando tendré
que guiarte
por estas vías escabrosas
en que Dios nos puso
quién sabe para qué fin…?

¿Cómo?
¿Que es justo
al contrario
(tú quien me
guía a mí)
y – como no podía yo
advertirlo
hasta descubrirlo
por mi cuenta –
me has tenido que
esperar?

Y ¿de qué otro
modo podría ser,
ilustre Olimpia,
atesorando tú,
tan preclara inteligencia
que me hunde en el asombro?

¡Oh, qué dulce alivio
experimento al saber
que, aunque
no podamos amarnos
como suelen los amantes,

aunque no podamos
siquiera como amigos
entendernos;

aunque se nos rompa
el corazón
al contemplar cómo
brillamos,
reímos,
prosperamos,
enfermamos
y morimos ante otros…,

seguiremos,
alma mía,
amándonos eternamente…
como una herida abierta.

Pase lo que pase tuyo,
Teclo Alzote