Hay que aprender a amar.

En los rostros que creen ser firmes se percibe la soledad, en aquellos que creen aguantar el dolor, es fácil verlos declinar.
¡Pobres! No entienden la verdad, oran pero están mal y, ¿qué puedo hacer por ellos? Servir y nada más.
Qué viles son los demás, se peca por ignorancia, acepto mi condición de nimiedad. Juego con las palabras, no con los demás.
Estoy cansado de su falsedad, ¿cómo podría ayudarlos si no quieren cambiar? Si creen que van por el camino, pero no saben a dónde van.
Les he dicho, pero no quieren escuchar. ¡Qué bajos e ignorantes!, no se necesita pensar: que es mejor un corazón honrado, a una mente capaz.
Pobrecitos, ¡qué lástima! Dios les de paz y a los buenos, cúbrelos con tu gloria, con tu poder de amar.
¡Oh de mi! Que debo vivir escuchando sus mentiras, y cuando les llega el momento, ¡ay! Se ponen a llorar.
El que es firme, sabe la verdad, pero se cruza de brazos… no los puedo obligar.

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