Dos artistas marciales observan un cuadro. En él: un maestro y una alumna, sentados en seiza, rodeados de brotes de ciruelo… se ven a los ojos y conversan ¿de qué hablan?. Yo no sé, pero los dos practicantes cuentan algo así:

Hablamos (inicia uno de ellos, cual si fuera el maestro) de dos naturalezas que conviven, pero que a veces luchan entre sí.

De épocas antiguas: con el viento en la cara, avivando un incendio en las entrañas. De olor a tierra húmeda, sangre seca en las manos, y un grito de guerra a flor de boca.
De una gaita sonando lejos, y un tambor anunciando al enemigo cerca, haciendo hervir la sangre, y encendiendo fuego en la mirada.
De tiempos cuando el honor valía más que el oro y estaba bien visto guerrear, y de cuando se sacaban fuerzas de donde fuera necesario, por la propia vida, por ganarse el tesoro inmenso de un día más debajo de este mismo Sol.
De la mella de más de una espada en la carne, que nunca alcanza al espíritu.

Y nos contamos (sigue uno de los practicantes, interpretando a la muchacha), entonces, de esa salvaje libertad, y de una ferocidad, que es proporcionalmente igual a cierta dulzura; de un corazón que ama sin medida. Charlamos y nos reímos con carcajadas honestas, compartidas abiertamente porque somos la manada que elegimos (que es pequeña pero exquisita), y brindamos con vino caliente, conversando sobre un amor inalterable que trasciende al tiempo y la vida misma; que no alcanza a ser explicado con palabras.
De un corazón que ha sido roto en miles de pedazos; pero que volvimos a armar, pacientemente, pieza a pieza. Como una delicada escultura que tenemos que restaurar para poderla ofrecer nuevamente al Mundo, pero dejando desnudas las cicatrices que se formaron porque, en el fondo, es nuestro orgullo saber que a pesar de todo daño nuestra esencia sigue ahí, siempre intacta.
Y dialogamos de como conjugar, a veces con dolor, esas dos “mitades” de uno mismo, disfrazándonos a veces con una máscara de rostro dócil, ocultando detrás a la Bestia.
Y otras veces, escondiendo el alma desnuda tras un semblante amenazante, como intentando protegernos con un escudo metálico, sabiéndolo inútil porque no hay defensa para aquella herida que no es ocasionada por ninguna arma.
Y también nos decimos sobre lo bien que se siente encontrar un lugar donde no hay necesidad de usar disfraces.

Hablamos de lo difícil que es compartir esto con alguien más; de lo solo que puede uno sentirse en el camino; y de la suerte que tuvimos de habernos vuelto a encontrar después de tantas vidas.
Y también presiento que, con el paso del tiempo, hablaremos de más cosas.

Que fortuna que las imágenes sean mudas, y que las palabras nos las dejen a nosotros.

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