Perdóname soledad por odiarte tanto,
por darte a beber sangre en vez de dulce vino,
sangre bendita cuyo verdadero destino
era el alma de un grito…de una luna…de un canto.

Perdóname por hastiar tu silencio santo
con los llantos que Saturno dejó en mi camino;
y aunque en dignos altares de Cristo me persigno,
no logro arrancar este desgraciado quebranto.

Perdóname soledad por odiarte tanto;
porque tú no eres capaz de hacerme olvidar
el tiempo donde mataron mis ganas de amar,

el tiempo donde la muerte retiró con gritos
mi ángel de la guarda; y aunque logre odiarte tanto
así de tanto yo sé que te necesito.