Lo vemos detenerse. Está en su Habana, mirando a los demás y consumiéndose. Sabe que se hunde, caminando frenéticamente en la penumbra de una callejuela.
No te detengas. Busca siempre el vicio. Reflexiona sobre los pechos de una nueva puta y respira reposadamente. No todo lo que buscas se vuelve a lo infinito. ¡No dispares! A esta luz espiritual
que desvió el mundo
en dirección a las estrellas.
Todos se vuelven incomparablemente más interesantes, oscilando sin cesar entre la bestia y dios.
Entonces busca a tu santo
donde el alma al principio
ponga una tregua en tus combates. No hay paisajes ni caminos abiertos. No. Dejo que te sientes a mi lado, que hojees libros inminentes. Que toques el vértice invisible de una atmósfera irrespirable.
Y cuando golpean a la puerta, y entra Shakespeare, de la mano de Shelley, y sin Byron, tienes verdaderamente algo de río, en cuyas aguas, asoman sus mejillas vírgenes y sabios.

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