Entre los anaqueles de mi memoria.

Aun conservo tu mirada en un cuadro,
observándome desde los anaqueles
de mi memoria.
Han pasado los años, y me gustaría
poder decirte, que en el derrotero
de los mismos, aprendí a amar
y comprendí su significado.

Pues no te daré palabras de cocodrilo
que puedas delatar con tus ojos de zafiro.

Más la verdad es que todavía me siento como un niño.

Pues todavía engaño al miedo con la risa,
y al hambre con el humo.
Todavía destilo mis heridas en whisky
con espinas.
Y todavía borro mis huellas del futuro
con los sueños en ayuno.

Han pasado los años, y me gustaría
poder decirte, que en el derrotero
de los mismos, aprendí a amar
y comprendí su significado.

Pero siguen siendo lágrimas de cocodrilo,
que no mojarán ni al gato ni a sus ojos de zafiro.

No me hables todavía del Arte de Amar,
como lo hiciese Erich Frohm.
Pues todavía no estoy preparado.
Mi alma repite curso en la doctrina del fuego,
matriculada en vivencias de ascua y cenizas,
en la Escuela del Odio.

No busques un `Hombre´ en mi.
Más todavía no domino la cantinela
del gentío:
hipotecas,
facturas,
letra del banco,
letra del coche,
declaración de la renta,
números rojos.

No busques un `Hombre´ en mi.
Más todavía me aterra mantener
la mirada, o hablar con un niño.

Ser un Adulto me sigue dando
vértigo.
Quédate mejor ahí arriba,
escondida entre los anaqueles
de mi memoria.

Pues siguen pasando los años,
y en el derrotero de los mismos,
todavía no puedo decirte ni que
aprendí a amar, ni que comprendí
su significado.

Y para cuando por fin lo haya comprendido,
y sostenga entre los dedos, jirones y retales
de mi corazón herido,
espero de ti suficiente inteligencia,
como para haber desaparecido.

Han pasado los años, y me gustaría
poder decirte, que en el derrotero
de los mismos, aprendí a amar
y comprendí su significado.

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