entender.

Pienso que comprender las equivocaciones que se cometen es una tarea difícil. Hablar del ser humano con un acercamiento específico a ése “algo”, a aquellos “algo” de naturaleza tan subjetiva y ambigua, es una tarea difícil también. Entendemos tal vez, al analizar las circunstancias, que ciertas acciones, estímulos, desencadenan ciertas reacciones, existe cierta expectativa, casi siempre. Nos hemos hecho a una idea pragmática compartida con nuestros próximos, que instintivamente construye nuestra perspectiva y moldea nuestras acciones para con quienes nos rodean. Ésto, quizás, pare nuestro discernimiento sincrético de lo que es, de lo que está bien y mal. De lo que hiere y lo que enaltece. De lo que es un error y un acierto, para con los estímulos que otorgamos y percibimos. Aquellas experiencias, vivencias y recuerdos que representan errores en la vida, suelen representar también una reacción psicológica innata en la mente. Lo mismo sucede con los aciertos. Son una directriz construida que es simultáneamente instintiva en el ser. Pero el origen del ser no es universal. Las vibraciones de todas nuestras psiquis varían trascendentalmente. Existe un abismo infranqueable entre los espíritus, tal vez. Y tal vez por ésto sea imposible aprender a vivir, en últimas, de un constante análisis de nuestras equivocaciones. Nuestra capacidad de observar la realidad es limitada y finita, incluso para aquellos que han sacrificado su cordura y humanidad en un abnegado intento por hacerse uno con ella. Es quizás, en conclusión, lo que más me agobia, que así como ésta ineludible incapacidad nos lisia para con nuestro interior, estamos un millón de veces más impedidos para atravesar el hondo abismo que hay entre cada uno de nosotros y… entender.

¡Qué intenso lamento emana de mi corazón, al ver tan claro que no puedo salvar, no puedo ser salvado!

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