El último adios

Ese momento doloroso se está acercando. Miro el reloj y aún faltan unas cuantas horas y comienzo a respirar más rápido, cómo si el aire se me fuera agotar.
Lo veo ahí, acurrucado a mi brazo y aprovecho para mirarlo detenidamente. Admiro más allá de lo que los mismos ojos me dejan ver. Escucho su respiración suave y contenida. Rozo sus manos tan lentamente como si las fuera a desgastar. Trato de convercerme que no dolerá, pero la angustia será inminente.
Mirar la hora se vuelve una costumbre, tal vez intento detener el tiempo, sé que es imposible y solo veo como va cambiando de y 30′ a y 58′. Lastimosamente sufriré y mucho.
Sigue ahí, tumbado, como si no se diese cuenta que las horas se agotan, pero quién se atrevería a despertarlo con lo dulce que se ve ¡Ay Dios mío! Pagaría por ver esa escena cada día al despertar y al volverme acostar.
Cierro los ojos y me apego a su hombro mientras lo abrazo fuerte, apreto sus manos y hundo mi cabeza sobre su nuca. Nunca sabes qué debes hacer, nunca se es posible coordinar las caricias, los besos y las palabras cuando sabes que se irá y la incertidumbre de cuándo volverá te atormenta.
Prometí no llorar, pero mi garganta se anudó y mis ojos rápidamente me traicionaron. Como en cámara lenta, las lágrimas rodaron sobre mi mejilla y se secaron en la suya. La respiración se agudizó y se entre cortaba, odiaba esa situación. Odiaba estar ahí, con medio pie a su lado y otro en el aeropuerto para de nuevo verlo partir.
Los minutos anteriores al viaje fueron de terror porque veía a los pasajeros uno a uno subir las escaleras y sabía que a él también le iba a tocar. Lo volví a mirar y vaya que me costaba, por que esperaba que por ese día esa no sea la última mirada que le robaría, que sus ojos verdes por lo menos me mirarían un rato más, pero lo hice y sus ojos estaban rojos y también me evitaban porque seguramente sabía qué pasaría si ambas pupilas se encontraban.
Él miró hacia abajo mientras golpeaba con el dedo índice el vidrio que cubría su reloj. Por fin me miró. -Ya es hora- dijo. Suspiré, profundo, muy profundo. Él me ayudó a levantar, tomó mi mochila del suelo y se quedó quieto, esperando que lo abrace. Y cuando me di cuenta que no había forma de persuadirlo, de que pueda quedarse, de que el vuelo se cancelara. En ese instante, supe que debía hacerlo, pero no podía ser un abrazo común, normal u ordinario; sino uno que lo acompañe todo el trayecto, que le haga sentir que mis brazos jamás se soltaron de alrededor de su cuello.
Allí entendí todo, allí supe que “soltar” no es tan fácil, que no siempre después de una despedida se viene un reencuentro. Entonces me despedí como si fuera la última vez, aunque prometimos que no sería así. Mis palabras nunca serían suficientes y el dolor se propagaría aún más, así que suspendí mis brazos en el aire cuando a la par sonó el anunció del vuelo. Cada paso que él daba era una estaca que amenazaba a mis ojos, cada paso que daba me recordaba la rutina, cada movimiento de sus pies me hacía pensar en las siete horas de diferencia, en mi fragilidad y sus contratiempos. En que de nuevo volveríamos a estar en el extremo de un hilo infinito, separados por miles de kilómetros. A la espera de una nueva oportunidad, donde esa puerta se vuelva a abrir y por ese pasillo vuelva aparecer.

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