Égloga a Puchilco

Con el alma adolorida me despido de Puchilco,
ese lugar para mi es una foresta color verde lima
ese lugar para mi es una foresta de brillo cegador;
con aroma a yerba mojada en invierno
y a sabroso mar en verano.
Estoy pleno de melancolía,
así te digo hasta más ver montaña verde de peladaños sin fin,
que amenaza con aplastar, solo en apariecia, al peregrino distraído.
Puchilco, eres una montaña verde, hierática,
que como esas estatuas clava la vista en le horizonte,
ahí donde el titán empieza a asomarse desde el mar
cabeza y manos afuera, ya empieza a huir de la prisión
con que Zeus le encerró en el Tártaro.
Me despido del verde Puchilco, se queda con sus oscuros secretos
escondidos en el núcleo de la selva verde y viva,
los secretos ahí permanecerán para nadie,
hasta que la sierra metálica del tiempo todo lo devore;
perdurarán los coleópteros señoriales, las aristocráticas arañas
que se pasean por los pasillos de castillos feudales
que la montaña ha construido para ellos.
En esta despedida, concluyo que la muerte callada y solitaria de tus dueños, no es el fin,
yo porfío en el eterno retorno
que con sus hilos plateados les hará volver a la tierra que tanto aman.
Puchilco, echaré en falta los conciertos de las aves silvestres,
no volveré más.
Pero, se vienen conmigo los fantasmas familiares
que siempre hallaran su lugar, en mi mesa, a mi lado esta Araucanía mía.
En la pena del adios, encontraré la dulzura del placer verde, siempre verde.

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