La sala castaña se retardaba, no haciendo caso al invierno anunciante, el sol seguía persiguiendo todo a su alcance. Llenando aquello, humo blanco que hurtaba colores. Dentro, el cuadrado de papel azul y plata se desdoblaba, la paletita rosa reposando en los labios de la boca a veces rosa a veces roja. La música que los audífonos echaban a sus oídos, el campanillear algo perdido, entre su corazón y sus sueños. Sonaban las notas tan bellamente moradas, tan dañinamente dulces; mientras su lengua se raspaba constantemente ante el contacto de aquella redondez azucarada.

Se cree que es un sueño, lentamente reproduciendose, como la caída abrumadora de discos escapando del archivero. Así salían los rizadores de en derredor de su frente, cayendo en todo su peso los lazos castaños; sus labios teñidos humedecieron el vidrio y talló la nubecilla con su manga azulada

-Pues va, y le dirás que se largue. ¿Se cree que lo voy ha aceptar porque se presenta frente a mi puerta? mmm,. Que se quede, que se arraigue a mi portal… pero que estatuilla más molesta! Fisgoneando en mi correspondencia.

Habría que abrigarse, bonito mono de nieve, un desperdicio de copos fundirse para quedar así sin botones, sin sombrerito y sin nariz. Descorriendo precariamente las blondas cortinas frisadas de rosa lo noto aún ahí, ella dudo, su curiosa misericordia le cosquilleaba y aventando sin barullo. Con pequeños tirones la niña se lo puso todo con rapidez viciosa, batas blancas que sujeto con un lazo de seda y la gabardina junto un capricho de bufanda salpicada de puntillos dorados, y unos guantecitos afelpados con corazones de peluche atados como campanillas al borde de las muñecas. Resbalandose hasta el lavamanos se humedeció los dedos, sacudida por la idea de saludarle de esta manera con sus manos heladas, sonrió.

Él tosía y cansándose, sopló. Esa respiración de plata retardada su fuga por el frío helado que lo detenía, impidiéndole todo menos suplicar a su puerta.

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