Desde las sombras

A cantaros recorría por el viejo techo,
la lluvia fluía como si de mayo se tratase.
Sólo una vela mantuvo el calor en mi pecho;
sólo un aliento ligero hay ¿cómo ha de juntarse?

Marca la hora donde las gaviotas deben retirarse.
La marea sube, junto a la luna coronarse.
El sol yace en el horizonte inundado de fuego.
La arena humedece al llanto de un juego.

El viento arrasa mis ventanas con fuerza.
El helado de la noche congela mi madera.
Los cangrejos se han ido, su caparazón no era dureza.
Mi vela extinguiéndose a lado de la ladera.

Sólo queda una silueta, una oscura.
He sido yo quien ha decidido ser la vela,
o quien ha pertenecido al mundo de las sombras.
Quizá solo soy lo que no soy, la sombra de la vela, exacto…

Despierto con el cántico pasivo del agua.
Mi cabello quebrado, mas duro que el “caparazón’
Mis ojos cansados siguen naufragantes;
mi piel seca como la arena en las palmeras.

La vela extinta quedó sin resplandor,
pero esta noche no moriré.
Con frutos he de aguantar el rubor;
con la balsa he de escapar y sobreviviré.

Me aviento al océano sin mirar la isla que me ha maltratado;
me aviento a la vida que se ha burlado.
Pasa el día con mucho calor.
Llega la hora de ver el ocaso con ardor.

La noche tranquila es, la marea me arroya.
El silbar del viento con mis telas es la melodía mas relajada.
Las estrellas brillan por doquier,
no hay vela que necesite proteger.

Pensé en llegar al arcoíris del paraíso.
Aún era de noche y algo extraño me calló del cielo.
Una pluma de gaviota, señales donde no hay miedo.
Ansioso he de seguir a este ovíparo.

Mis lagrimas llenaron el mar de fé.
Socorrí a la tierra firme y áspera.
Subí a la palmera mas alta de él.
Era la misma isla que ya me ha matado dos veces desde las sombras.

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