Semanas atrás ya se apreciaba el salir del sol,
ella deslumbraba emoción.
Era encanto; combinaban
y se deleitaban a la perfección.

Irradiaba con aquella luz intensa
reposada en su rostro
que parecía de cualquier otro lugar,
menos del que conocemos
cuando por primera vez abrimos los ojos;
llamado hogar.

Reflejaba más vida que el anterior día.
Su aroma sobresalía nada más
con la aparición imponente del que llamaban
“luz vibrante de misterios interminables”.

Quería ser así
no solo cuando lo veía,
sino cada etéreo segundo que vivía.

Aquella luz que iba sin despedida
y volvía por ratos imprescindible
solo le daba un empujón más
de osadía y valentía

Estaba en ella la decisión de palpar felicidad sublime;
desde el despertar hasta el soñar mundos
que ella nada más imagine.