Cortos son algunos caminos. Terminan antes que el amanecer se transforme en mediodía. Comienza a brillar el sol cuando se cierne la oscuridad más fría. La noche se desliza entre la vida, camuflada para no ser intuida.

Noche cruel, ladrona y asesina. Ladrona de almas. Asesina de esperanzas. Muchos no gozarán del atardecer, ni de la melancolía de lo que despacio muere. Noche cruel cayendo sobre almas que intensamente brillan, apagando llamas de vivo fuego con su gélida brisa ¿Cómo entender al destino y sus gritos de amor a la muerte? Imposible comprender la razón para labrar caminos tan breves, volver ascuas hogueras que apenas comenzaron a arder. Almas desde su nacer abrazadas por los susurros de la anciana muerte. Apaga sonrisas y brillantes miradas, marchita con su veneno flores nunca destinadas a florecer. Escarcha la inocente vida de quienes ni pecar pudieron.

Noche que no entiende de justicia. Caminos forjados directos a las tinieblas. Noche obediente al destino, quien caprichoso decide donde y cuando termina el camino. Campanas resonando antes de tiempo. Lamentos cruzando el vacío. Lamentos ahogados. Gemidos mudos arrastrados a la tierra baldía de la frustración, por lágrimas arañando mejillas hasta caer y secarse en campos fértiles de penas y angustias.

Tierra sembrada de finales tempranos, de tétricos silencios. Maldita noche dejando al hoy sin mañana cuando ni tan siquiera hubo un ayer. Engullendo sin juicio previo, secuestrando conciencias aún limpias, destruyendo semillas de esperanza que jamás brotarán. La noche pulula absorbiendo almas despistadas, apagando estrellas, extendiendo un firmamento carente de luna o luz alguna.