Pregúntale a mi corazón lo que ha sentido al no volverse loco por un latido de amor incontrolable, de alegría desbordante e ilusión infantil.
Pregúntame si he decidido conscientemente tener un corazón dormido, asustado, encogido por miedos y orgullos.
¡Pobre corazón!, que perdió su vocación por seguir a la razón en ese oficio.
Corazón herido, o corazón intacto, pero herido por haber evitado ser herido. Corazón miedoso del daño irreparable. Corazón curioso de saber lo que podría llegar a sentir y con cuánta fuerza podría latir.
¿Cuánto puede aguantar un corazón el latir sin vivir, el no amar a propósito y el “cagarla” sin querer pero queriendo? ¿Puede estar un corazón roto y nuevo a la vez?
Este corazón herido, asustado y oprimido por un miedo irremediable a amar, sin límite de velocidad, sin cinturón de seguridad, sin papeles ni recibos.
Pobre corazón maldito, queda para el olvido, se pregunta cuantas veces funcionó sin sentido.